Poesía

El mapa como poema

Por Eugenio Tisselli

La palabra no es la cosa. Con las cosas hacemos vida, con las palabras hacemos voz y escritura.

El mapa no es el territorio. En los territorios construimos y destruimos, en los mapas…

¿Qué hacemos en los mapas? Admitámoslo, querida lectora: leemos mapas para orientarnos y encontrar cosas en un espacio, pero rara vez los “escribimos”. O al menos eso parece. Alguna vez habrás dibujado un mapa sobre una servilleta para explicarle a una amiga cómo llegar a tu casa. O habrás puesto tachuelas sobre el mapa de tu ciudad para señalar tus conquistas. Pero los mapas, al referirse a un mundo cada vez más ocupado y cuadriculado, difícilmente presentan la posibilidad de contribuir, de hacer nuevas superficies. Tus huellas, sin embargo, al pisar el territorio, dejan marcas que lo transforman aunque sea de forma imperceptible. Piensa en un parque, piensa en el césped que está en ese parque. Caminas sobre el pasto, otras siguen tus pasos. Pasa el tiempo, y ese camino se vuelve una brecha visible entre el pasto. Transformamos el territorio. ¿Por qué no habríamos de transformar los mapas?

De la misma forma que dibujas sobre una servilleta, el río dibuja su curso a través del valle. Humanos y no humanos dibujamos el mundo constantemente. La servilleta con tu mapa se convierte en una cosa que existe en el mundo, y que puede colocarse en un mapa. Un mapa de servilletas con mapas dibujados: dibujarlo sería un bonito proyecto, si no fuera porque a las servilletas se las lleva el viento. Y aunque existen mapas del viento [1], los humanos solemos más bien crear mapas de lo fijo, o al menos de aquello que nos lo parece. Desde los mapas del cielo nocturno, esculpidos hace casi 20 000 años en las cuevas de Lascaux, a los mapas de la antigua Babilonia, Egipto y Grecia, hasta la era de la exploración espacial, hemos trazado líneas y puntos para crear sentido y orientarnos entre lo que existe en el mundo y más allá. Históricamente, esta labor ha estado reservada a los cartógrafos, cuyas técnicas les permiten crear proyecciones, líneas y puntos, ya sea en papel o, más recientemente, en pantalla. Pero los cartógrafos, a fin de cuentas, son personas como tú y como yo y, por tanto, caminantes. Ellos y ellas también pisan el territorio, y lo transforman, y tienen voz. Después de sus largas jornadas de trabajo también caminan de regreso a casa y, si el cansancio y la atención se los permiten, encuentran cosas inexplicables regadas por el terreno. Un mapa dibujado en una servilleta, por ejemplo. Y nadie puede decir que esa cosa, cargada de sentido como la que más, no es digna de aparecer en un mapa.

Pero, ¿cómo hacer un mapa de servilletas dibujadas? ¿Habría que marcarlas como líneas o curvas, siguiendo su vuelo impulsado por los giros del viento? ¿O bien como puntos que marcan nuestro encuentro con cada servilleta? La respuesta está en tu poética, querida lectora. En la manera en que dibujas el mundo.

Tim Ingold sugiere que dibujar es tan fundamental para nuestra existencia como caminar. Sin embargo, damos cada vez menos valor al dibujo. Con facilidad decimos “soy muy mala para dibujar”, y ello no nos quita mérito ante los ojos de los otros. No sucede lo mismo con la escritura: no saber escribir es, casi en todos los rincones del planeta, un motivo de vergüenza. Más aún, continúa Ingold, el dibujo se ve devaluado ante la proliferación e importancia de imágenes de todo tipo. Y así, la gran energía que hay entre estos dos polos, imagen y escritura, parecen haber expulsado el dibujo de nuestra cultura. ¿Por qué dibujar entonces? Dibujar como un acto de resistencia, sugiere Ingold [2].

En sus propias palabras, Rebecca Solnit es una artista que “escribe y dibuja” [3]. Y hace libros en los que explora las cargas sociales, psicológicas y políticas del espacio y sus representaciones. Dos de ellos son especialmente interesantes, ya que buscan repensar aquello que puede señalarse sobre un mapa y, por lo tanto, el espectro de sentido que un mapa puede crear. En Infinite City: a San Francisco Atlas, Solnit escribe y dibuja el mapa de los nombres de esa ciudad, de los “espacios verdes” rescatados por sus mujeres, de sus viejas salas de cine, o de los lugares a donde llegan las migraciones de mariposas [4]. Tiempo después, colabora con Rebecca Snedeker para escribir / dibujar Unfathomable City: a New Orleans Atlas, y vuelve a proponer mapas maravillosos, refiriéndose esta vez a la ciudad sureña. Este segundo libro adquiere tintes más explícitamente políticos, ya que “mapea” las ruinas que dejó el huracán Katrina en 2005, los sitios de extracción de petróleo y su consiguiente destrucción del entorno natural, presas y prisiones, comida y prostitución, derechos civiles y helados de limón [5]. Correlaciones y contigüidades imposibles, poéticas y políticas. Reveladoras. Rebecca Solnit dice: “En las ciudades, me interesan más los espacios públicos y las calles que los edificios. Más que los edificios, me interesa el espacio que existe entre ellos, ya que es importante en relación a mi trabajo sobre la democracia y la forma en que ésta requiere que coexistamos en público.” [6] Pero está también su voluntad de hacer que los mapas sean de nuevo “maravillosos, seductores, deliciosos y hermosos”.

¿Y si pudiéramos encontrar en el mapa la síntesis poética de política y estética? En el mapa, el conflicto sin resolver que nos impulsa al conocimiento, al diálogo, a la construcción y a la destrucción. En el mapa el soplo, en los cuerpos el movimiento.

Como bien sabes, querida lectora, algunas herramientas transforman nuestra manera de dibujar y, por lo tanto, de hacer mapas. Hace algunos años conocí a Jerome Lewis, antropólogo inglés, quien me contó sobre su trabajo con los pueblos pigmeos. Resulta que en las selvas al oriente de la República Democrática del Congo, lugar donde viven los pigmeos desde tiempos inmemoriales, hay una tala de árboles indiscriminada. Las industrias madereras extraen, a veces de manera ilegal, decenas de miles de metros cúbicos de madera cada año, dejando detrás de sí una naturaleza devastada. Sobra decir que todo esto pone en riesgo extremo a los pueblos pigmeos, cuya lucha en contra de la extracción excesiva es, por decirlo elegantemente, asimétrica. Frente a esta situación, Jerome ideó una estrategia: decidió prestar a los habitantes de la selva un dispositivo GPS mediante el cual podrían señalar en un mapa los diferentes lugares que, según ellos, estaban dotados de carga simbólica: sitios de cacería, zonas con plantas curativas o alimenticias, lugares sagrados, entierros. Lugares y significados que, en definitiva, el capitalismo salvaje y sus máquinas (¡y sus mapas!) ignoran o desprecian. Así, un grupo de jóvenes pigmeos armados con un GPS crearon un mapa, mismo que fue utilizado como evidencia por una conocida ONG, la Rainforest Foundation, para mediar en el conflicto [7]. La Rainforest Foundation otorgó un “sello verde” a las industrias madereras que se comprometieron a dejar intactos los lugares simbólicos de la selva, apostando a que los consumidores preferirían adquirir productos con ese sello y dando, por tanto, una cierta ventaja competitiva a los extractores respetuosos. Más allá de los resultados de esta estrategia, que un inicio fue exitosa, es curioso señalar algo que me dijo Jerome: que a pesar de que en el arte pigmeo se pueden observar preciosos dibujos abstractos hechos con puntos, líneas y curvas [8], en su cultura no existía la noción de “mapa”. Por esta razón, el primer paso que dio mi amigo antropólogo fue explicar a los participantes del proyecto qué era un mapa, y cómo podía dibujarse al caminar con un GPS. Al menos entre los pigmeos, la necesidad de reconocimiento y voz trajo consigo la necesidad de dibujar el espacio.

Cierro aquí esta columna, y de salida propongo pensar el mapa como poema, como superficie de producción de espacio y vida. Y digo también que si un mapa puede ser un poema, será además un poema político en la medida que responda a los mapas que nos inculca el poder.

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[1] Mira, por ejemplo, el Atlas Eólico de México: http://sag01.iie.org.mx/eolicosolar/Default.aspx

[2] Tim Ingold, “Being Alive: Essays on Movement, Knowledge and Description”, Routledge, 2011.

[3] Sitio web de Rebecca Solnit: http://rebeccasolnit.tumblr.com/

[4] Algunos de los mapas de Infinite City: http://www.7×7.com/arts/rebecca-solnits-infinite-city-maps-sf-whole-new-light

[5] Sobre el libro Unfathomable city : http://www.ucpress.edu/book.php?isbn=9780520274044

[6] Entrevista de Rebecca Solnit hecha por Jarrett Earnest: http://www.brooklynrail.org/2014/03/art/rebecca-solnit-with-jarrett-earnest

[7] Sobre el proyecto de Jerome Lewis: http://www.newscientist.com/blogs/onepercent/2012/02/interactive-maps-help-pygmy-tr.html

[8] Georges Meurant, “Mbuti Design: Paintings by Pygmy Women of the Ituri Forest”, Thames & Hudson, 1996.

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Artículo publicado en la Revista El Jolgorio Cultural en abril de 2014.

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