Apropiar para crear

2015-06-10 01.39.19

¿Es posible escribir usando como material un texto escrito por alguien más? Mediante este ejercicio, en el que se invita a los participantes a tachar el cuento Amor de Clarice Lispector, para “crear” algo nuevo.

El tachado se realiza de forma consciente en busca de nuevas formas y frases a partir del texto.En algunos casos, los alumnos agregaron palabras o frases para dar más coherencia a las ideas. Además, algunos participantes transformaron la narrativa en poesía.

Lo que se pretende es cuestionar nociones como “originalidad” o “autoría.” ¿A quién pertenece el texto tachado? ¿A Lispector o a quien lo tachó? ¿Sería legítimo publicarlo?

Presentamos algunos de los textos resultantes.

Xóchitl Yunuen Rodríguez Quintero

Desaparecer

Entonces la debilidad la alcanzó con aquel par de piernas débiles.
Miró la noche inútilmente, mientras la vida le rodeaba el rostro.
Caminó pesadamente. No había nadie.
Ella se encerraba en un sueño que parecía ajeno. No era reconfortante, ni tranquilo. La penumbra, como un zumbido, era grave.
Inquieta, le pareció haber caído en una emboscada. Estaba en un mundo para alimentarse de insectos.
La mujer sentía asco, y a la vez era fascinada, tan rico que se pudría.
La náusea era otra. Se encontraba en un cosmos brillante, el reflejo de la descomposición del infierno. Era fascinante y ella se sentía mareada.
Cuando intentó recordar su pasado, de pronto se recubría en un halo de culpabilidad.
Sacudió la cabeza, como pidiendo que la piedad la golpease, con una ansiedad violenta, grande y cuadrada.
¿Qué tierra era ésa? Se sentía loca por vivir, con aquel vago sentimiento de asco.
La vida es horrible, dijo hambrienta. Sentía sus propias costillas delicadas.
La sangre le subió al rostro, se dejó caer en una silla, adolorida.
No había cómo huir. Su corazón estaba del otro lado.

Viviana Paredes

Una araña

Humillada por su tamaño, se avergonzaba de que la vida del Jardín Botánico la llamaba. Estoy con miedo, se dijo, la vida la estremecía, como un frío, descubrió la pequeña araña.

Cerca de la lata de basura del parque, aplastó a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. ¡Pero qué buena estaba! El pequeño cuerpo arácnido temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta llena de hojas secas. Los abejorros de verano retumbaban por el espacio. Los vio y pensó en el horror de los abejorros inexpresivos. Horror. Horror. Ésos eran presa difícil, y rompían telarañas. Atardecía y en torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz de una farola, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal.

¿Dejaría vivir a aquellos atrapados en su tela? ¡Nah! La comida estaba buena. Era verano, sería inútil dormir. Su panza reventaba en su redondez, estaba un poco pálida y parecía que reía suavemente.

Después de la comida, la primera brisa más fresca entró. Y a una mariposa sujetó al instante, antes de comérsela y que desapareciera para siempre.

Después de tanta comilona ella estaba inerte. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que había desencadenado ¿cabría en sus días? Con maldad, parecía aceptar que saliera un mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. Pendía entre los frutos del Jardín Botánico…

¡Cómo se sentía! ¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya la habría abrasado toda! Su tela tembló, y la pequeña araña tembló con ella, corrió y tropezó. De repente rió entendiendo, a pesar de su tamaño, su vida era espléndida y en un gesto que no era, sopló la pequeña llama del día.

Rodrigo Perea

Mar de tranvía

Deformando el tranvía
Y el tranvía comenzó a andar.
Se recostó en un suspiro completo.
El fogón hacía explosiones,
El calor era fuerte,
De a poco el viento golpeando cortado
Recordaba el horizonte.

Crecía, crecía el agua
Crecían
Crecía la mesa y el canto del edificio.

La tarde era la más peligrosa
A cierta hora, los árboles se reían
Y había que ver la forma en que cortaba
Su deseo artístico
Encaminado a transformar con el tiempo
su gusto
su íntimo desorden

En el fondo
Un hogar,
Caminos torcidos en un destino
La juventud anterior como una enfermedad de vida
Una exaltación perturbada
Confundida con un insoportable sol alto
Espanto
En vida no había lugar para sentir su espanto
Entonces los objetos con su tranquila vibración.
De mañana los tranquilos árboles
Oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo
Y la vida.

El tranvía vacilaba
El fin de la tarde
El final de la hora

Nantzi Olguín Reyes

Un ciego sin fe

El ciego, pobre como el lobo, con lo ojos humedecidos va a la iglesia. Con miedo oye la campana, pequeño horror secreto del mal. A pesar de no ver, con el corazón miraba cierta maldad, que parecía salir de la oscuridad fuego. Gritó vibrando. Se asustó. Fue extraño.

Rosa Isela Villarreal Gómez

Horizonte

Solamente percibió que había pasado la parada para descender, en medio de la noche buscaba reconocer los alrededores, parada pudo ubicarse. Caminó y cruzó los portones del Jardín Botánico, por la alameda central se sentó en un banco y allí se quedó por algún tiempo. A  lo lejos se veía una hilera de árboles, la tarde era clara, se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles. De repente, un movimiento leve e íntimo la sobresaltó, se volvió rápida, pero nada parecía haberse movido, las ramas se balanceaban, sombras vacilaban por el suelo. Ana despertó de un sueño.

Diana Lorena Zarco Ramírez

Movimientos que no mueven nada

Entonces percibió que había pasado la debilidad en que estaba, todo tranvía, con piernas débiles, miró a su alrededor. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía, haber descendido en medio de la noche larga, con altos muros.

Miedo, ella buscaba inútilmente reconocer, continuaba latiendo y un viento más tibio mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central. Dejó los paquetes en el suelo, ¡atajo! y allí la vastedad parecía silencio. Lejos se veía la hilera de árboles donde las ramas cubrían el atajo. Olor a árboles, pequeñas sorpresas del Jardín era ya tarde. ¿De dónde venía? ¿Cuál estaba rodeada como por un extraño, demasiado suave, demasiado grande? Un movimiento, nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba una nueva marcha silenciosa, desapareció. Inquieta, miró en torno.

Suelo, un gorrión escarbaba en la tierra, le pareció haber caído se hacía un secreto. Los árboles las frutas, la miel, en el suelo habitaban podridos. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. La crudeza del mundo era tranquila. Y la muerte no era aquello que pensábamos. ¿Comerlo con los dientes?, ¿un mundo recorrido por parásitos?, el abrazo era suave, precedía a una entrega, era fascinante, la mujer era fascinada.

Los árboles estaban, se pudría. Cuando Ana pensó ¿qué había? Le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida; el ciego la había guiado hasta él, se estremecía.

Sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. El césped no le parecía amarillo o color de un mal, ¡la descomposición! Pero todas con la cabeza rodeada de lo más delicado del mundo. La brisa se insinuaba con  su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella estuvo llena y pesada, un esquilo* pareció volar con la sombra.

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